Crisis que intensifican los desafíos
Los desafíos para la democracia son catalizados por una serie de crisis globales interconectadas como la crisis de las burbujas del siglo XXI, las consecuencias de la pandemia y las guerras culturales.
La década latinoamericana perdida
Luego del estallido de las burbujas a partir de 2008, el fin de la globalización en clave neoliberal dio paso a una gran recesión.
Esta crisis afectó significativamente a las economías, provocando una caída del producto bruto interno y un estancamiento o disminución de los ingresos reales de una gran parte de los hogares.
Políticamente, generó una profunda pérdida de confianza ciudadana en la capacidad y probidad de los actores que controlaban los sistemas financieros, económicos y políticos.
En América Latina, el fin del superciclo de las materias primas, combinado con la recesión global, resultó en una "larga década perdida" de estancamiento económico (crecimiento promedio anual de solo 0.8% entre 2014 y 2023), impactando negativamente a la nueva clase media que había mejorado sus niveles de vida.
Esta crisis macroeconómica se interrelaciona con una crisis de desarrollo a largo plazo, caracterizada por bajas tasas de crecimiento de la productividad, y una crisis de representación.
El abandono de la globalización neoliberal se manifiesta en las guerras de aranceles, las sanciones económicas y el regreso a políticas industriales sostenidas por subsidios.
El shock de la pandemia de COVID-19
La pandemia de COVID-19 también contribuyó al cuestionamiento de la globalización.
El Estado asumió un papel protagónico en programas sociales y de apoyo a empresas, evidenciando las limitaciones de los mercados para enfrentar crisis agudas.
Esto implicó un aumento masivo del gasto público y del endeudamiento.
Las interrupciones en las cadenas de suministro globales expusieron la vulnerabilidad de las cadenas de producción de larga distancia.
Las diferentes tasas de mortalidad entre países generaron cuestionamientos sobre las estrategias gubernamentales, impactando en la popularidad y legitimidad de los gobiernos.
Las medidas de contención del virus potenciaron las guerras socioculturales en torno a cuestiones como el uso de mascarillas y el efecto de las vacunas.
La pandemia fue un "shock sistémico" que demostró la necesidad de organizaciones del sector público, más allá de los mecanismos de mercado.
La batalla cultural y la fragmentación social
La batalla cultural se ha vuelto una característica distintiva de esta era.
Surge como manifestación de nuevos alineamientos políticos.
Es alimentada por cuestiones de identidad de género, cambio climático y multiculturalismo.
Su origen se vincula a las raíces socioeconómicas de la globalización.
Se ve intensificada por el papel de las redes sociales, que actúan como "cámaras de resonancia" y profundizan la polarización.
La batalla cultural representa una reacción de ciertos sectores sociales contra el cosmopolitismo.
Los clivajes políticos se han redefinido, pasando de divisiones basadas en clases sociales a otras más imprecisas basadas en factores educativos, geográficos o culturales.
Los extremismos están en estas batallas culturales, eliminando políticas de equidad, diversidad e inclusión y atacando la libertad académica.
La negación de la realidad (como el COVID-19, el cambio climático o los resultados electorales) y la promoción de "hechos alternativos" son tácticas recurrentes en este contexto.
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