América Latina y el descontento: Desafíos para la democracia
Atravesamos una fase de descontento social, caracterizada por una profunda volatilidad política y el resurgimiento y auge de diversas formas de extremismo.
Los descontentos no son un fenómeno nuevo, sino que combinan raíces históricas profundas con procesos propios de este cambio de época.
El actual descontento marca una ruptura con el orden económico y político dominante de finales del siglo XX, presentando una compleja combinación de peligros, incertidumbres y oportunidades.
En esta transición del capitalismo digital, gobernar se ha vuelto más difícil.
La erosión democrática latinoamericana
A nivel mundial, entre 2016 y 2021, el número de países que avanzaban hacia el autoritarismo duplicó a los que se movían hacia la democracia.
A nivel regional preocupa el debilitamiento de la democracia.
El Latinobarómetro ha evidenciado una disminución del apoyo a la democracia en América Latina, con un preocupante 40% de los latinoamericanos insatisfechos con sus democracias y más de la mitad aceptando gobiernos no democráticos si estos resolvieran sus problemas.
En un contexto de descontento, la confianza en los gobernantes ha disminuido, y los partidos políticos han perdido credibilidad.
La euforia democrática que siguió al fin de los regímenes militares en la década de 1980 y los consecuentes procesos de consolidación democrática se han estancado en muchos países.
La mayoría de las democracias en la región operan en un modo "defectuoso" o "incompleto".
Un fenómeno preocupante es la aparición de líderes electos democráticamente que, una vez en el poder, no creen en la democracia y proceden a erosionar las instituciones, amparándose en la supuesta voluntad popular.
Esta "paradoja del topo de la democracia" describe cómo las personas valoran la democracia como ideal, pero perciben que los sistemas actuales no funcionan, lo que lleva a un aumento significativo del apoyo a líderes que eluden las reglas democráticas.
Para fortalecer la resiliencia de la democracia, se requiere un diseño institucional sólido y fortalecer los Estados para que sean democráticos, efectivos e inclusivos.
Los Estados no necesitan ser gigantes, pero sí "fuertes" y "musculosos" para responder a los desafíos ciudadanos.
Polarización política y guerras culturales
El consenso de la "Tercera Vía" fue reemplazado por la polarización política.
La polarización y la "autocracia" se han convertido en un círculo vicioso que se refleja en nuevos alineamientos políticos y en las denominadas "guerras culturales".
Estas guerras, que abordan temas tan diversos como las identidades de género, el cambio climático y el multiculturalismo, tienen raíces socioeconómicas en la globalización neoliberal y son amplificadas por el papel de las redes sociales como "cámaras de resonancia", que profundizan la polarización cultural, política y afectiva.
Las "guerras culturales" representan una reacción de ciertos sectores sociales contra el cosmopolitismo.
Las divisiones políticas son transversales y ya no se basan en clases sociales, sino en factores educativos, geográficos o culturales.
La derecha, por ejemplo, ha construido una base social nacionalista entre los sectores que se sienten amenazados por las dislocaciones económicas de la globalización, los cambios socioculturales o la inmigración.
El Huevo de la Serpiente y la Amenaza Fantasma
El extremismo es la expresión política más significativa de este cambio de época.
Históricamente, el extremismo se consideraba una característica de las "democracias emergentes" latinoamericanas y un síntoma de sus debilidades.
Ahora el extremismo autoritario se ha vuelto parte de la política cotidiana.
En América Latina, la evolución del extremismo incluye variantes "neoliberales" de derecha, antimigratorias, evangélicas y de protesta.
Ejemplos como Bukele en El Salvador, Bolsonaro en Brasil o Kast en Chile combinan la economía neoliberal con aspiraciones conservadoras, reaccionarias y enfoques libertarios.
A diferencia de los populismos tradicionales, que tendían a ser más integradores y reformistas, estos nuevos extremismos son más agresivos y polarizadores para la democracia.
En muchos casos son destructivos para el funcionamiento estatal.
Operan con un esquema de "amigo/enemigo" y utilizan "políticas del miedo".
Ofrecen soluciones rápidas y fáciles a problemas complejos, lo que a menudo socava y erosiona los controles y equilibrios institucionales democráticos.
La estrategia de "el pueblo contra los privilegios" es un ejemplo de estas tácticas.
Estos extremismos son a la vez causa y consecuencia de la polarización política.
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